SEMINYAK Y BINGIN

Escrito por rakelclemen 11-10-2015 en seminyak. Comentarios (0)

Mi viaje con Naiara para estas fechas estaba casi tocando a su fin, pero no podía irse sin disfrutar de la zona sur de Bali y la más conocida entre los surfistas de todo el mundo. Teníamos claro que a Kuta no queríamos ir, por su fama de demasiada fiesta, demasiada gente, demasiado de todo,…, así que optamos por Seminyak. Realmente las playas de Kuta, Legian y Seminyak son toda una, al menos nosotras no sabíamos dónde acababa una y dónde empezaba la siguiente.

Lo bueno de estas playas, que son de arena, que son inmensas y puedes caminar hasta agotarte. Lo malo…pues todo lo demás, la gente, el agobio, miles de cursos de surf, decenas de personas vendiéndote de todo a todas horas, y cuando digo de todo me refiero desde el típico pareo hasta Viagra (Sí, nos querían vender Viagra y Prozac), surrealista y agotador. Así que yo opté por alquilar un corchillo y pasar el máximo tiempo en el agua, y eso que el mar no podía estar más revuelto (llegaron a sacar los socorristas a tres personas en nuestra zona).

Seminyak fue compras, masaje, playa y búsqueda de restaurantes económicos porque allí todo se escapaba de los precios habituales en la isla. Todo lleno de boutiques, de tiendas de todo tipo y muchos bares, una zona de ambiente transexual en nuestra calle, y menos gente alojada en nuestra zona de lo esperado, de hecho las tiendas estaban prácticamente vacías.


Como mi idea de viaje era hacer el voluntariado en Nusa Penida y de ahí viajar a Lombok, visitar un volcán, unas playas del sur, es decir, ya no iba a viajar más por Bali, estaba deseando llegar al sur del todo, a la zona de Ulluwatu y poder ver al menos las olas de verdad. Decidimos quedarnos en Bingin, en un hotel que tenía muy buena pinta. El lugar no sólo no nos defraudó si no que nos encantó. La playa en sí no es que sea nada del otro mundo, pero hay una ola perfecta prácticamente todo el tiempo y unas vistas impresionantes de las playas colindantes.

El primer día que llegamos yo muy animada y sin tener ni idea me alquilé un corcho y ahí me metí con mi aletas. Decir que el agua cubría poco es quedarme corta, es que realmente no cubría y encima el fondo era coral, nada de arena. Así que cuando alquilé el corcho, el chico miró la ola, me miró a mí, miró la ola y me volvió a mirar a mí, y dijo: ¿Eres buena? Yo me lo pensé un segundo y respondí, No, no mucho. Y él me preguntó: ¿Dónde vas a meterte? Y yo le dije: “En las espumas con la gente que está aprendiendo” y su respuesta fue “ok”. Con el tiempo me he dado cuenta que lo que le preocupaba al chico era que yo me abriera la cabeza y de paso le rompiera su Buggy en el coral.

No me abrí la cabeza, felizmente, pero una ola enana, ridícula, me revolcó y yo me dejé medio trasero en el coral. Medio trasero en una exageración, pero digamos que me hice una avería de la manera más tonta. Yo no tenía intención de curarla, y vistas las averías de otros surfistas (Rodillas cortadas, espaldas arañadas en carne viva) lo mío me parecía una chorrada. Pero por la noche conocimos a Eduardo, un chico brasileño, que me dijo que me tenía que curar la herida bien porque al ser coral vivo podría llegar a tener una infección muy grave. Así que ya tengo tatuaje balinés para toda la vida.

Nuestro último día en Bingin fuimos a conocer Ulluwatu, otra playa de surfistas también muy masificada, pero muy bonita, estilo la playa de Las Catedrales de Lugo. Nuestra intención era alquilarnos una moto e ir a la aventura, pero no conseguimos que nadie nos alquilara una moto (primera señal de que no debía conducir moto). Eduardo se ofreció a llevarnos en su moto, y ahí nos fuimos en la moto los tres, con su tabla, su bolsa con el neopreno y nuestro mochilón de excursión a Ulluwatu, de verdad que estábamos de foto. Lástima que no tengamos una de recuerdo. Por la noche regresamos al mismo lugar y estuvimos un rato de fiesta, había muy buen ambiente y gente de todos los países que os podáis imaginar.

 Al día siguiente, último día de Naiara, pasamos la mañana sentadas en nuestro lugar favorito (el mirador de nuestro alojamiento), tumbadas en la cabañita abierta leyendo y riendo sin parar. Creo que pocas veces he sentido tanta paz como en ese instante. Nos fuimos con una pena increíble y yo con el pensamiento de que volvería a allí en algún momento. Y ese momento no tardaría en llegar, pero antes me tocaba otra etapa del viaje, la de Nusa Penida, pero eso os lo contaré en mi próxima entrada al blog.